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Opinión: Dulce recuerdo de Fiestas
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viernes, 07 de septiembre de 2007
Familia Yagüe con sus famosos Bollos del Cristo
Elisa Yagüe 
 
     ¿Quién no ha comido alguna vez, durante las fiestas de El Espinar, un Bollo del Cristo? Es la tradición: hay quien los toma solos, con el café o incluso con vino. Pero muy pocos saben de la magia que rodea su elaboración. No es una cuestión de ingredientes o cantidades, sino del modo en que se hacen: en el calor de la familia.
 
    De pequeña, me fascinaba cómo el azúcar y el agua podían tomar tantas formas, pasar por tantos puntos de sorprendentes nombres: flor, bola, hebra, caramelo, guirlache… En aquellos momentos el abuelo dejaba de ser el abuelo, dejaba de ser pastelero y se convertía en un auténtico mago que desplegaba en sus manos desconocidos secretos. Pero no acaba ahí la singularidad de esta época del año.  Había otro gran momento, esta vez acompañado de un imaginado repique de tambor: la ofrenda del primer Bollo del Cristo a los mayores de la casa. Por tradición, el más hermoso ejemplar de la primera tanda le correspondía al miembro más mayor de la familia. Mis recuerdos empiezan por la bisabuela Serapia, ya que a la bisabuela Elisa no la conocí, pero como fundadora de la pastelería  allá por 1921 su aprobación era ineludible... Como también lo fue la del abuelo Valentín años más tarde. Cuando los mayores daban el visto bueno, era como una pequeña fiesta de ritual cumplido; de hecho, para nosotros ese momento siempre ha sido el verdadero comienzo de las Fiestas. Ahora la abuela Esperanza tiene el azúcar alto –ironías de la vida moderna- y es a mi padre Antonio a quien le corresponde el honor este año.

    La elaboración de los Bollos del Cristo, un trabajo en cadena de todos juntos, siempre estaba acompañada de sabrosas historias de la familia y del pueblo, casi siempre eran las mismas, casi siempre las relataba el abuelo Valentín; y siempre eran agradables de escuchar una y otra vez, sobre todo- como no- las referentes a los Bollos y al mismísimo Cristo del Caloco. Mucho trabajo, sí, pero siempre con alegría... Y quizás sea ese el secreto de su dulzura -y no tanto el azúcar- la bondad y el cariño que el abuelo derramaba en su quehacer, en su familia y en sus conocidos. Esa bondad que cada vez que alguien le recuerda, le hace sonreír, porque en ese instante vuelve al corazón todo el amor que nos dio a lo largo de su vida. Gracias, abuelo.
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