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viernes, 05 de octubre de 2007 |
 A veces la vida es tan hermosa como un ramo de pájaros. Ríos cortejando espigas. Caminos con cinturas de rosas. Y el hombre, orgulloso de serlo porque la vida es hermosa como un ramo de pájaros. Estaban allí. Como siempre en la garita. Camisa verde. Pantalón verde. Anorak verde. Vigilantes de olas verdes. Lorquianos de alma acharolada. Esperando el hambre que viene de Africa. A mancharnos. A Insultar nuestra opulencia, recogiendo lo que nos sobra. Pero hasta el derecho a las sobras les negamos. Pateras que entorpecen el camino de los yates. Pobres de pan, de educación, de ropa, de solidaridad, de enfermedades no rentables. Pobres sin más. Y vienen con el estómago como horizonte, con recuerdos de hijos, de madres dejadas atrás, de compañeros muertos en el viaje. Viene el hambre. Y ellos están allí para matar el hambre si es preciso. Lorquianos de alma acharolada y sentimientos archivados en las botas negras. Se disparan los fusiles y las balas buscan el hambre que se asoma a la patera.
Una mujer de repente. Joven. Bella a lo mejor. Velo de sumisión en la cabeza. Le vence el peso de la vida. De una vida nueva. Caliente en su vientre treinteañero. Queriendo parir. Porque empuja. Lleva en sus entrañas un niño que quiere nacer en un mundo mejor. Niño de patera caliente, de madre luchadora, que busca como la María bíblica un puñado de paja para acunar la vida. Mar placenta que divide, que separa, en la venida incluso, para nacer incluso, la clínica lujosa de un poco de tierra, sólo de tierra para nacer. Después ya veremos. Esta vez no hay que matar el hambre. Pechos como lunas tiene esa madre morena. Y fuerzas para buscar. Y energías para exponerse ante los hombres verdes de alma acharolada. Para encarar los fusiles que conocen los caminos hermosos de la vida. Para mirar de frente las balas de la civilización, de un occidente vigía de valores supremos, de una Europa cristiana pero que excluye el hambre de sus mapas. Guardias civiles. Como los de Antonio Torres Heredia. Hombres que leen sus derechos a las olas y después las deportan nuevamente al Africa porque nuestros mares tienen empavonados bucles que brillan entre los ojos. Pero puede el empuje de la mujer morena de vientre planetario y pechos como lunas. Y el niño nace en un anorak verde. Los hombres verdes se miran. Enfundan pistolas negras. Y les suben desde las botas los sentimientos archivados y acogen un mar ilegal y unas olas sin papeles para admirar la vida que es a veces hermosa como un ramo de pájaros. Están allí, abriendo caminitos de plata, con cinturas de rosas, por si vienen los Reyes Magos a adorar al niño moreno de verde luna. Una mujer exhausta. Dos guardias civiles. Y una vida que pregunta por la vida. Ternura por ahora. Mañana. Mañana ya veremos. |