Antes incluso de que El Espinar existiera como pueblo, los pastos de Campo Azálvaro son codiciados por el Concejo de Segovia. En 1184, el documento conocido como “Privilegio de Alfonso VIII a los segovianos” recoge de forma poética la partición del valle entre los respectivos concejos de Segovia y Ávila:
En la práctica, las tierras del valle quedaron delimitadas por el cauce del río Voltoya, la vertiente izquierda para Ávila, la derecha para Segovia. A finales del siglo XIV, ambos concejos entran en largas disputas judiciales por la propiedad de estos territorios.
Fundación de El Espinar
En 1297, el Concejo de la Ciudad de Segovia otorga la Carta Puebla de El Espinar. Leyendo con detalle el texto de la misma, se puede interpretar cómo el interés por afianzar su presencia en las tierras de Campo Azálvaro es una de las razones que mueven a la Ciudad de Segovia para conceder ese documento fundacional e incentivar la repoblación del valle espinariego, entre otras circunstancias, puerta segoviana de Campo Azálvaro.
Dice así la Carta Puebla: “Sepan quantos esta carta vieren commo nos el concejo de la ciudad de Segovia aiuntados a campana repicada... tenemos por bien ffacer una puebla en el espinar... y que se pueble de ommres de otros lugares... pero no del término de Auilla... por razón que nos dizen que son ommes de malas de rebueltas”.
No existe ninguna razón de peso para pensar que los hombres de Ávila fueran de peores o mejores revueltas que los de Segovia, ni en el siglo XIII ni ahora. La lectura más racional hay que hacerla en el sentido de que el Consejo de Segovia pretendía con aquella carta de población, entre otras cosas, reforzar su autoridad en una zona estratégica para el paso de la Sierra de Guadarrama, ya que dos de las principales cañadas reales, la Soriana Occidental y la Leonesa Oriental -utilizadas por los ganaderos del Honrado Concejo de la Mesta, creado unos años antes, en 1273-, confluían en Campo Azálvaro, cuyos pastos eran alquilados por el Concejo de Segovia a los pastores trashumantes. Por su parte, los respectivos concejos que confinaban con Campo Azálvaro, El Espinar, Villacastín la Navas de Zarzuela y Aldeavieja, solicitan, más adelante, al Concejo de Segovia el arrendamiento de estas tierras para labranza, por necesidad de elaborar más pan para la población, que ha aumentado considerablemente.
También en la Carta Puebla de 1297 se hace referencia a los hombres que ya habitaban con anterioridad en dos parajes situados en la entrada espinariega de Campo Azálvaro, las casas de Navaznar y Santo Domingo de la Cañada, cuyos restos perviven en dos de las dehesas comunales, la Dehesa Chica y la Mata de Santo Domingo, respectivamente.
“De buen amor”
Una mañana de marzo de 1329, Juan Ruiz, el clérigo y poeta que luego escribiera el Libro de buen amor, se dispone a atravesar la sierra, en su camino de regreso a Hita, de donde es arcipreste. Viene caminando desde Ferreros y se adentra en la nueva tierra comunera de El Espinar, donde los recientes pobladores del valle se afanan en conseguir progreso y libertad. Es lunes, de madrugada; en la confluencia del arroyo Blanco Malo con el río Moros, el caminante se encuentra con Menga Llorente, una serrana que está cortando un pino en las proximidades de la venta del Cornejo. Dice así el de Hita de su encuentro con la tercera serrana:
“Lunes antes del alba, comencé mi camino
y, cerca del Corneo, hallé, cortando un pino,
una serrana torpe; diré lo que me avino.
Pensó casar conmigo como con su vecino”.
Unas estrofas más adelante, el poeta refleja su conocimiento de Campo Azálvaro:
“El campo de la Alcudia y toda Calatrava,
el campo de Fazálvaro, en Balsaín entraba,
en tres días lo anduvo, parece que volaba,
el rocín de Rabí, de miedo bien andaba”. La Mesta Hasta entrado el siglo XVIII, el trasiego de la Mesta y, con ella, los abundantes rebaños de ovejas que pasan por Campo Azálvaro, se traduce en notable desarrollo para los respectivos concejos de Villacastín y El Espinar. Eran tiempos en los que se decía aquello de “Lugar por lugar, Villacastín y El Espinar”.
En Villacastín estuvieron instaladas las arcas del Real Concejo de la Mesta; por el Puente de las Merinas, levantado sobre el río Voltoya, pasaban los rebaños de ovejas; allí se contaban y los ganaderos pagaban “portazgo”. Villacastín llega entonces a censar más de 5000 habitantes, los “grandes señores del ganado” levantan palacios en la villa y toda una industria derivada del esquileo: encerraderos, telares, lavaderos y tintado de paños.
El Espinar compagina la influencia económica de la Mesta y la industria de esquileo con la producción de los montes, principalmente los de La Garganta de río Moros. A pesar de que el siglo XVIII es de evidente declive para la Mesta y la industria derivada de la lana, hay censados en El Espinar 35 palacios o casas solariegas, y en los cuatro corrales de esquileo se trabaja la lana de 74.000 ovejas. En la villa se celebran dos sesiones de la Junta de Otoño del Real Concejo de la Mesta.
Desde el siglo XIX, los pastos de Campo Azálvaro son aprovechados de manera extensiva para el pastoreo de ganado vacuno, y “de bravo”, preferentemente en primavera y otoño. El valle se parcela en latifundios, que pasan a manos de pocos propietarios particulares (se supone que la adquisición de estas tierras por parte de manos privadas tiene lugar en el siglo XIX, a través de la desamortización de Mendizabal).
En la puerta espinariega del valle, desde el siglo XIII, pervive el carácter comunal en la explotación de las dehesas municipales: “Los montes sobredicho que son en estos heredamientos que sea comunales pora ellos y pora nos, pora pacer y pora cortar”. (Carta Puebla de El Espinar).
Las balas del progreso En las últimas cuatro décadas, a Campo Azálvaro le han rozado las balas en varias ocasiones, y ha sorteado estas agresiones no por una resistencia numantina y popular; de entrada, porque en el valle viven muy pocas personas, ya que a los propietarios les resulta cada vez más difícil encontrar familias que residan en las fincas durante el invierno; antaño, encontraban vaqueros y guardeses procedentes de zonas más deprimidas, hasta que fueron desapareciendo según los hijos se incorporaban a los estudios y luego huían del valle; recientemente, con los primeros años de la inmigración, algunas de las casas ganaderas volvieron a poblarse con algunas familias extranjeras (polacos, búlgaros, rumanos...), pero poco a poco van desapareciendo.
De los distintos macroproyectos, al valle de Campo Azálvaro le han defendido diversas circunstancias: unas veces el azar (embalse de Serones para el abastecimiento de la ciudad de Ávila); otras, la coincidencia de intereses (movimiento popular y propietarios contra el campo de tiro); y últimamente, la acción de Centaurea y otras organizaciones ecologistas, que encuentran alianzas de todos los signos.
De un tiempo a esta parte, a medida de que se ha ido agotando el suelo urbanizable en la vertiente Sur de la Sierra de Guadarrama, el negocio urbanístico busca suelo a este otro lado, incluso en una zona tan inhóspita como Campo Azálvaro, para luego, tras la oportuna recalificación, vender parcelas, pisos, adosados o viviendas unifamiliares a estresados urbanitas madrileños, que buscan, a una hora de camino, el sosiego cada vez más escaso en la capital (“Aquí no queda sitio para nadie”. Pongamos que hablo de Madrid. Sabina).
Nada que oponer, por mi parte, al urbanismo racional, las necesarias infraestructuras y la mejora de las comunicaciones, que suelen ser motores del desarrollo que demandan los ciudadanos, pero siempre en los espacios adecuados y cumpliendo la norma. En términos generales, y a tenor de lo que he visto pasar en esta parte de la sierra a lo largo de las últimas décadas, las promociones inmobiliarias no siempre dejan, tras sus actuaciones o su marcha, un progreso armónico en los respectivos pueblos. Lamentablemente, hay demasiados ejemplos de atropellos urbanísticos irreparables; también, no son pocas las promociones que han dejado los servicios sin ejecutar, para carga posterior de los compradores o de los respectivos ayuntamientos; otras veces, han sembrado una larga lista de acreedores entre las pequeñas empresas y los profesionales contratados, un incremento notable de parados en la comarca y, también, un doloroso colectivo de compradores engañados que, pensando al principio que habían comprado una parcela de suelo urbano, luego comprueban que sólo tienen un trozo de prado en el que no pueden edificar su soñado chalet. Aparte dejo, para que lo expongan los ponentes más cualificados en esa materia, las agresiones irreparables al medio.
La preparación de esta charla, junto al obligado repaso al factor urbanístico que implica, me ha hecho reflexionar sobre cómo el desarrollo de esta parte de la sierra se ha llevado a cabo demasiadas veces siguiendo los impulsos del mercado. Bueno sería que, tras analizar los muchos errores cometidos, se afrontara con sosiego, rigor y visión de futuro qué modelo de desarrollo queremos para nuestro pueblo, nuestra sierra y, en el caso que nos ocupa, nuestro valle de Campo Azálvaro.
35 años de desasosiego
Voy a revisar, de forma superficial, los principales acontecimientos que, a lo largo de los últimos 35 años, han tenido lugar en el valle.
Covisban. Promoción que utilizó la figura jurídica de cooperativa (de empleados de banca y seguros). Constituida en 1973, con sede en la calle Claudio Coello, 50, de Madrid. Esbozaron una urbanización, compraron 143 hectáreas de terreno, programaron la construcción de un 960 chalets y vendieron cientos de parcelas en el paraje de “La Lancha”, incluso a algunos vecinos de El Espinar; otros, que conocían el clima extremo de esta zona, declinaron la invitación a entrar en la movida, por barata que fuera: “Ni gratis hago allí una casa”. El proyecto quedó abortado en 1977 como consecuencia de la construcción, aguas abajo, del embalse para el abastecimiento de agua de Ávila, en Serones, materializado cinco años después.
“El Castillo”. Urbanización “Los Lagos, S.A.”, creada en 1982, con sede en la calle Claudio Coello, 66, de Madrid. Primero promueve como “La Lancha” y luego como “El Castillo”. Durante una temporada regalaban un jamón a los potenciales clientes que llegaban los fines de semana, principalmente desde Madrid; también compraron parcelas algunas personas de la zona. Existe una asociación de compradores afectados que tiene una página Web en Internet, con una información breve pero reveladora.
La autopista AP-51 se presentó a la opinión pública en 1997 con un trazado a través de Campo Azálvaro. Sin demasiada contienda, el Partido Popular, que entonces gobernaba el país, la región y los principales ayuntamientos de la zona, cambió el trazado de la autopista a la alternativa tradicional de Villacastín-Ávila, por el corredor de la carretera N-110.
Campo de tiro de artillería. A finales de 1975, con Franco recién muerto, todas las instituciones políticas de Segovia se plegaron, sin rechistar, al proyecto de ubicar en el valle el campo de tiro de la Academia de Artillería de Segovia. Al conocerse la noticia, en El Espinar surge con fuerza una protesta popular a la que se suman los mismos políticos y las mismas instituciones que, meses antes, habían dicho que sí; era la primavera de 1976, cuando todavía no se sabía muy bien que era eso de la Transición y la Democracia; algunas asambleas tumultuosas, muchos pliegos de firmas, numerosos artículos en prensa, algunos viajes, audiencias oficiales y gestiones, y sobre todo, la circunstancia de que uno de los propietario del valle, el Conde de Mayalde, había tenido importantes cargos políticos durante el Franquismo y seguía siendo en aquellos momentos vicepresidente de las Cortes. Otro propietario estaba directamente vinculado a los asuntos de caza de la nueva Casa Real. Hoy día, no tiene razón alguna especular sobre quién consiguió abortar el campo de tiro, si los cualificados propietarios de las fincas o la oposición popular, o las dos cosas al mismo tiempo. Lo importante es que se consiguió frenar aquel proyecto.
El monte público y las dehesas comunales Soy serrano, comprendo el esfuerzo divulgativo que está haciendo Centaurea y aplaudo la colección fotográfica de los artistas Mónica Riveiro y Javier Dorrego que configura esta sencilla y hermosa exposición sobre Campo Azálvaro, pero debo aclarar, una vez más, que soy serrano, serrano con alma gabarrera; me cautiva antes el espacio primario del monte, él es la esencia de las pocas cosas importantes que haya podido escribir; al revés que Pulgarcito en su cuento, cuando me siento perdido, me adentro en el monte y me encuentro, en él se me ensancha la imaginación y se me orea el pensamiento; y más que saberlo mío (que lo es), me siento parte de él, por eso aprovecho cualquier ocasión para devolverle lo mucho que me ha dado y me da, y así denunciar las agresiones que sufre, por ejemplo, la perseverante vocación que tienen muchos particulares de ocuparlo y privatizarlo, como es el caso vigente y latente de una finca privada y de un campo de concentración de perros que se han instalado, con todas las bendiciones municipales, en el paraje de la antigua granja de visones. Preciso mi denuncia: respeto la labor y los objetivos que proclama ese colectivo defensor de los perros abandonados, pero el monte público de Las Barrancas es, sin duda, uno de los espacios menos indicado para esa gran perrera, y también para esa finca privada que el Ayuntamiento de El Espinar no supo o no quiso, cuando tuvo ocasión, de recuperarla para el común.
Perdonadme este inciso. Vuelvo al espacio que hoy nos ocupa, Campo Azálvaro, y empiezo por su parte más serrana y espinariega, las dehesas municipales que, en régimen de administración comunal, dan cobertura democrática para que todo vecino de El Espinar pueda ser ganadero, vivir de la tierra, dedicar su tiempo a cuidar su ganado y continuar una de las tradiciones económicas, laborales y culturales intrínsecas de este pueblo. Dehesas de monte bajo, robles, encinas, hierba de calidad, rebaños de vacas con sus terneras que pastan en la Dehesa Chica, la Mata de Santo Domingo, la Cerca del Portillo o la Casa de las Yeguas, imagen ancestral de un pueblo con pasado y con futuro, y ejemplo vivo de una perseverante vocación ganadera que muchos vecinos llevan en la sangre: el amor a la tierra y al ganado.
Paisaje trágico, clima extremo Y más allá del último mojón que, por el poniente, marca la linde primitiva de mi pueblo, siete veces centenario, siguiendo por esa carretera saltarina y sinuosa que nos separa de Ávila, se abre de par en par ante nuestros ojos, en cinemascope y technicolor, el horizonte crudo y duro de un valle que muchos días me regala, generoso, inolvidables atardeceres rojos y violetas.
Me alegra que haya intervenido antes Alberto, mi compañero de “ñaque”, y que me haya desbrozado el camino. Alberto tiene, con toda seguridad, una sensibilidad estética más madura que la mía para interpretar el espacio casi salvaje de Campo Azálvaro.
Confieso que me hubiera resultado incómodo asistir a esta charla si “el coro de los grillos que cantan a la luna” -que a veces componemos cuando nos involucramos apasionadamente en este tipo de campañas- se hubiera empeñado en hacernos ver que Campo Azálvaro es un lugar idílico, un tierno vergel repleto de bondades. Estas dudas se las comuniqué al representante de Centaurea, cuando me invitó a esta charla, y le dije que, si persistía en su invitación, yo sería coherente con la idea que tengo del valle, y diría aquí lo que pienso. Pero mi temor era infundado, he tenido la satisfacción de encontrarme con una breve exposición y un sencillo estudio que presentan el paisaje y el clima de este espacio en su hermosa crudeza, muy en consonancia con la visión que el biólogo espinariego Eduardo Sotolargo publicó recientemente en su artículo para el libro Caminos de El Espinar, aportando una nueva y dramática perspectiva de Campo Azálvaro, con la que estoy en sintonía.
Esta charla y esta exposición me han hecho recordar una anécdota muy íntima y reveladora. Cuando en 1976 me encontraba inmerso en la campaña contra el campo de tiro, mi pobre padre, que en paz descansa y conocía muy bien estos parajes, observaba con qué celo yo buscaba argumentos por todos los sitios para agrandar los valores del valle, “cualquier cosa con tal de que no nos coloquen el campo de tiro”, pensaba yo, empujado por la pasión jacobina de la juventud; mi padre, con la sabiduría y la mesura de las personas que han tenido la dificultad de labrar su camino en tierra ajena, me apuntó una solución práctica e ingeniosa: “Mira, hijo, no te esfuerces mucho, a lo mejor lo que tenéis que hacer es traer aquí a los militares en invierno; ten la seguridad de que no aguantan, esto es peor que Siberia”.
Podría hablar, también, de que mi vinculación con el valle es larga y constante, desde hace más de medio siglo; por una parte, cuidando las vacas de mi familia en el prado de Gansapájaras o en las dehesas comunales; y por otra, en mi condición profesional de conductor de Transporte Escolar para los alumnos de los caseríos del valle, desde hace casi cuarenta años. Puedo recordar las calamidades que he pasado en invierno y, en especial, el frío que he sufrido, porque no hay frío sin viento, y el viento en Campo Azálvaro campa con fuerza y a sus anchas, con poder suficiente como para tumbar y retorcer todos los postes y torretas de hierro y hormigón de la conducción eléctrica que atraviesa el valle (de este espectacular suceso hace poco más de una década); os puedo hablar de las veces que me he quedado atrapado con un Land Rover –igual que a varios de mis conductores- en los tremendos ventisqueros que se forman en las vaguadas y los caminos, cuando nieva.
Celebro, pues, que el informe presentado para apoyar esta campaña coincida con la visión personal que tengo de Campo Azálvaro. Resumo: “Paisaje de estepa... espacios abiertos y desarbolados... la deshumanización del entorno produce una intensa evocación de soledad y desamparo y, al mismo tiempo, una misteriosa atracción y sensación de libertad y silencio... riesgo, hostilidad y adversidad por la supervivencia humana, llanuras desarboladas e inhóspitas... paisaje hostil, riesgoso y retador... imagen desolada, nostalgia indescriptible, vacío insaciable, grandeza y terror, fuente de misteriosa atracción... lugar remoto, indómito y salvaje. Campo Azálvaro recuerda a una pequeña Siberia en invierno, a una pradera del Oeste americano en primavera y a una sabana africana en verano”.
Para concluir, me parece que podría encajar una cita bíblica del Apocalipsis: “Si fueras frío o caliente, te bebería con gusto; pero como eres tibio, te vomito”.
Campo Azálvaro puede ser muchas veces ardiente o frío, pero nunca tibio.
El Espinar, 19 de enero de 2008.