ElEspinar.Info Al alba nos reunimos en San Rafael para subir a La Pinareja (2.193metros), también conocida como la cabeza de La Mujer Muerta. La atmósfera limpísima y el sol reciente en el cielo claro prometían un estupendo día para andar y disfruar del paseo. Así, llegamos con el coche hasta un poco por encima del pantano de El Tejo y, dejando los Ojos del Río Moros a la derecha, comenzamos a subir hacia Tirobarra (1.979 metros).
 | Los pinos, cargados de nieve, nos saludaban con gran alegría y animados por el calor del sol dejaban caer sobre nosotros la nieve que reposaba en sus ramas. El espectáculo era hermoso, pero cuando el frío acertaba en la cabeza o en el cogotillo, las cosas se veían de otra manera |  |  | | Fuimos subiendo entre pinos y arroyo, al tiempo que la nieve aumentaba y ya había lugares donde hundíamos la pierna, algunas más que otros por aquello del peso. Mónica se perdía de vez en cuando armada de su máquina de fotos, sin dejar pino, piedra o paisaje sin retratar. |  |  | | La cuesta de la Loma de los Ojos se empinaba y la nieve blanda dificultaba el caminar. Las huellas de un zorro impresas en la nieve comenzaron a marcanos el camino, porque el bicho llevaba nuestra dirección y parecía saber por donde caminaba. Así, tras sus huellas, hundiéndonos en la nieve, rodeados de las cumbres blancas de las montañas y del azul del cielo, llegamos al collado. |  |  | | Aquí sucedió un hecho extraordinario que se habrá de someter a juicio de teólogos o médicos, por si fuera milagro. Mónica lo veía todo verde. No es que se encontrara indispuesta o le afectara el mal de altura, sino que la naturaleza se le mostraba verde: la nieve, verde claro; el cielo, magenta; sus guantes, verde azulados. En estas, un buitre nos sobrevoló majestoso, las alas extendidas, silencioso, planeando calmoso sobre nuestras cabezas hacia los pinares verdes de Valsaín. |  |  | | A la izquierda nos esperaba La Pinareja, a la derecha se alzaba el Montón de Trigo (2.154 metros). Hay que observar que como era el día de las elecciones, decidimos no decir izquierda o derecha para indicar la dirección, sino "p'alla" o "p'acá", por aquello de mantener la neutralidad más estricta en este asunto. |  | | | El collado de Tirrobarra hay que atacarlo con calma. Su falso llano hacia La Pinareja es camino siempre en pendiente, y estaba también tapizado con una nieve blanda que dificultaba el paso. Las piernas sentían el esfuerzo anterior y la dificultad añadida de la nieve. Caminamos despacio y en silencio, saboreando el propio silencio de las montañas y del aire, la limpieza de la mañana que florecía en colores. Paso a paso, foto a foto, llegamos hata la cruz de hierro que indica la cumbre. |  |  | | La atmósfera limpísima nos dejaba ver, a un lado los pinares de la Garganta, las cumbres de la umbría, al fondo Cueva Valiente; al otro, Segovia, La Granja, Otero, la llanura inmensa de Castilla que se extendía hasta el azulado horizonte. Algunas nubes, que iban apareciendo por donde suelen, flotaban tripudas sobre el Palacio de Riofrío o se estrellaban en las laderas de Peñalara. El aire del gélido Norte acariciaba las cumbres. Aquí parecía imposible el terror que días antes nos había conmocionado en Madrid. |  |  | | Decidimos comer algo al resguardo de unas piedras. Frugal consuelo que repusiera fuerzas, eso sí, con más fotos, incluso con alguna en que se nos verá a los cuatro juntos, que estas máquinas modernos ya lo hacen todo solas. Llegaron varios montañeros hasta la cruz. Algunos tan bonitos y bien equipados que daba gusto mirarles, llenos de bastones de esquí, botas a juego, polainas, gorro, cenefas y brocados. |  |  | | Comenzamos la bajada, que el tiempo, siempre apresurado, huye constante. Iniciamos el descenso por la loma de La Pinareja hacia el collado de Tirobarra, pero poco después nos desviamos por la ladera abajo, hacia la Garganta, para, evitando la pedriza, acortar distancia hacia donde estaba el coche. Si antes nos guiaron las huellas de un zorro, ahora otro animal, quizás un tejón, nos marcaba el descenso. Todavía la nieve dificultaba el camino y, ya más blanda, hacía que nos hundiéramos en ella. Poco después apareció tierra firme e incluso manantial del que fluía cristalina y líquida la nieve que reposaba más arriba. |  |  | | Hubo tiempo de nuevas fotos. Y ya más cansados, más hambrientos y más silenciosos bajamos las últimas dificultades hasta llegar al arroyo y poco después al coche. Las nubes comenzaban a cubrir Peña el Oso y La Pinareja, que parecían inmensos amigos. | | Fotos: Javier Dorrego, Mónica Riveiro. | Texto: Jose Manuel | |